Discursos del Embajador
Celebración del 234 Aniversario de la Independencia de los Estados Unidos de América
Embajada de los Estados Unidos - 5 de julio, del 2010
Buenas noches,
Muchas gracias por honrarnos con su presencia en este día tan especial en que conmemoramos el aniversario 234 de nuestra Declaración de Independencia. Es un placer singular tenerlos aquí con nosotros.
Agradezco en particular la presencia de Don Jaime y Doña Amparo Morales, amigos y consejeros que han fortalecido nuestro disfrute y comprensión de Nicaragua. También agradezco a Jaime por sus reflexiones en este día.
Mi esposa Debbie y yo queremos nuevamente expresar nuestro agradecimiento al pueblo nicaragüense por su recibimiento cálido y generoso en los últimos dos años.
Hemos tenido la oportunidad de viajar a lo largo y ancho de este hermoso país, lo cual nos recuerda que Nicaragua tiene muchos tesoros, pero ninguno más valioso que su pueblo amable y hospitalario.
En este momento y en este día quiero reafirmar el compromiso de mi gobierno de apoyar al pueblo nicaragüense en sus esfuerzos por fortalecer la democracia y crear prosperidad. Queremos asegurarles que no vacilaremos en este empeño.
Quisiera también destacar la presencia aquí, por última vez en calidad oficial, de nuestro Ministro Consejero Richard Sanders y su esposa Romy, quienes en menos de dos semanas concluyen su misión diplomática de tres años en Nicaragua.
Ellos han sido miembros muy activos de la comunidad de la Embajada, han hecho una labor excepcional para mejorar las relaciones entre nuestros dos pueblos y, al igual que el resto de nosotros en la misión, han llegado a encariñarse con Nicaragua y con los nicaragüenses.
Rich y Romy, muchas gracias por todo lo que han aportado en los últimos tres años al éxito de esta misión.
El año pasado en esta misma celebración, reflexioné sobre los valores estadounidenses que hallaron expresión concreta en la Declaración de Independencia y la Constitución, documentos que han infundido los mejores instintos del pueblo estadounidense por más de dos siglos.
Con toda razón somos celosos de los derechos enumerados y consagrados en nuestra Constitución que protegen nuestras libertades de expresión, culto, asociación y prensa.
Nos sentimos justificadamente orgullosos de la estructura de gobierno creada por nuestros Padres Fundadores, la cual se fundamenta en pesos y contrapesos, la separación de poderes, el estado de derecho, elecciones libres y justas, y en la rotación de las personas y los partidos en el poder.
Asimismo, estamos muy agradecidos de que el espíritu que anima estos documentos fundadores, así como el legado de sus redactores, han fomentado entre los estadounidenses un compromiso con la igualdad, la tolerancia hacia el disentimiento, la voluntad de conciliar diferencias, el respeto por la integridad de las instituciones, y la aversión al culto a la personalidad.
En su conjunto y en su naturaleza esencial, estos conceptos abstractos conforman los dos pilares fundamentales de nuestra cultura política, social y económica: la igualdad y la oportunidad.
Me explico: Todos los estadounidenses son iguales ante la ley y todos tienen la oportunidad de acceder a la educación, a elegir su profesión, y a hacer su vida como mejor les parezca.
Jefferson se refirió a este precepto como “la búsqueda de la felicidad”, y otros lo han llamado “el Sueño Americano”.
Claro está que la búsqueda de la felicidad no siempre culmina en la satisfacción plena, y no todos tienen las mismas ventajas en su búsqueda del “Sueño Americano”. A diferencia de Atenea, quien nació entera de la cabeza de Zeus, Estados Unidos no nació completamente formado.
A lo largo de la historia, los estadounidenses han tenido el reto de mantener vigente el compromiso de igualdad y oportunidad para todos planteado por los Padres Fundadores.
Para citar un ejemplo notorio, tuvimos que pasar por una guerra civil amarga y sangrienta para poner fin a la esclavitud y otros cien años de lucha antes de que los estadounidenses de piel negra pudieran gozar de los mismos derechos que los blancos. Las mujeres no tuvieron el derecho de votar hasta inicios del siglo pasado.
Millones de inmigrantes, primero de Europa y más tarde de Asia, América Latina y África, han soportado el peso de la discriminación y han tenido que superar la desconfianza debido a su raza y religión para lograr su lugar en Estados Unidos.
Pero sí que han logrado ocupar el lugar que les corresponde.
Si nos remontamos a hace cien años, casi todos los estadounidenses prominentes en los campos de la política, los negocios, el derecho y el mundo académico eran hombres blancos y protestantes, y en muchos casos descendían de los colonizadores de las Islas Británicas.
Hoy por hoy, si nos fijamos en nuestras principales figuras públicas, nos percatamos de la enorme transformación que ha ocurrido desde entonces.
El padre de nuestro Presidente era oriundo de Kenia. Nuestro vicepresidente es católico descendiente de emigrantes irlandeses.
El Presidente del Bloque Mayoritario del Senado es mormón y la Presidenta de la Cámara de Representantes es mujer y de ascendencia italiana.
La Corte Suprema, que es la institución más poderosa y respetada del país, en breve estará integrada exclusivamente por católicos y judíos y tres de sus magistrados serán mujeres, una de ellas hispana.
Además, nuestra Secretaria del Trabajo, para citar un ejemplo relevante, es hija de inmigrantes de Nicaragua y de México.
Ahora, si me lo permiten, quisiera hacer una referencia personal: Estoy ante ustedes esta noche en calidad del más alto representante en Nicaragua del Presidente de los Estados Unidos de América.
Dudo que mi abuelo materno, Tom Donlan, quien llegó a Chicago en 1905 proveniente del campo en Irlanda y comenzó a trabajar clasificando correspondencia en una oficina postal, hubiese soñado con que su nieto algún día pudiera estar en este lugar y en este puesto.
Pero…pensándolo bien, quizás sí lo imaginó.
Con el pasar del tiempo, Tom Donlan se casó, comenzó un pequeño negocio, compró una casa y envió a sus dos hijos a la universidad. El logró el Sueño Americano.
Hoy, como entonces, Estados Unidos es país de oportunidades. Hoy, como entonces, Estados Unidos promete esperanza. Hoy, como entonces, Estados Unidos acoge a los soñadores.
Esto es lo que celebramos hoy.
Muchas gracias.
Ahora les invito a que alcen sus copas para hacer un brindis. Brindemos por la amistad duradera entre el pueblo de los Estados Unidos y el pueblo de Nicaragua y por la libertad, la justicia, la igualdad y la oportunidad. ¡Salud!