discursos del embajador
Día de la Independencia de los Estados Unidos de América
Discurso del Embajador Robert J. Callahan
6 de Julio de 2009, 19:30 pm
Embajada de los Estados Unidos
Bienvenidos y gracias por celebrar junto a nosotros el ducentésimo trigésimo tercer aniversario de los Estados Unidos como una nación independiente.
Antes de hablar sobre las razones por las que los estadounidenses celebran este día, quisiera reflexionar brevemente sobre mis diez meses en este país encantador. Igual que otros que han venido a Nicaragua, mi esposa y yo nos hemos encariñado con la gente, con su calor, sus talentos, su generosidad y su humor. Durante nuestros muchos viajes a lo largo del país, hemos llegado a apreciar la diversidad de la cultura, la belleza de los lagos, las playas y las montañas. Por todo esto, y mucho más, sin dejar atrás su amor por el beisbol, estamos en deuda con ustedes.
También quiero asegurarle al pueblo nicaragüense nuestro compromiso como socios y amigos. Para ser más concreto, los Estados Unidos no busca nada más que fomentar la consolidación de la democracia nicaragüense y promover la expansión de su economía.
Para estos fines es que mantenemos un programa extenso de ayuda bilateral; trabajamos a través del CAFTA para aumentar las exportaciones y crear empleo; y cooperamos abiertamente con muchos grupos y organizaciones, sin distingo de afiliación política ni ideología para apoyar el desarrollo de una sociedad civil robusta, la cual es el rasgo más importante de una democracia duradera y creíble.
Por favor, estén seguros que nuestro compromiso con estas metas es constante y firme.
De hecho, en estos momentos en que estamos reunidos aquí, el buque hospital estadounidense COMFORT está en Corinto. Durante su visita, unos 650 miembros médicos de diez naciones atenderán a aproximadamente mil pacientes al día, o sea, más de diez mil en total. El valor monetario de esta misión excede los cinco millones de dólares. Como dije antes, éste es un ejemplo de nuestro compromiso con el pueblo nicaragüense.
Ahora quiero expresar brevemente el por qué los estadounidenses celebramos este día.
Nosotros los estadounidenses han concebido muchas ideas, pero ninguna ha sido tan estimulante como la expresada en el segundo párrafo de nuestra Declaración de Independencia:
“Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.”
Tomás Jefferson, el tercer presidente estadounidense y el autor de la Declaración de Independencia, captó elocuentemente en esta frase el sentir que hoy sigue guiando a los Estados Unidos: la igualdad, los derechos individuales, las libertades personales y esa frase enigmática y resonante, “la búsqueda de la felicidad”.
Al profesar la creencia en la libertad y proclamar su independencia de Inglaterra, aquellos primeros estadounidenses se arriesgaron enormemente. Ellos sabían que sus vidas y sus bienes estaban en peligro inminente, y juraron su “honor sagrado” a la causa de la libertad. Ellos fueron a la guerra y, contra todo pronóstico, ganaron su independencia y empezaron a establecer un gobierno. En los documentos de fundación de la nueva república, la Constitución, escribieron en el preámbulo que tenían la intención de “asegurar las bendiciones de la Libertad para nosotros mismos y para la Posteridad”.
Casi 90 años después, durante la guerra civil estadounidense, Abraham Lincoln habló de un gobierno, “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” durante su visita para rendir homenaje a los soldados caídos en el campo de batalla de Gettysburg. En el último siglo, Martin Luther King Jr., los hermanos Kennedy y muchos otros usaron la retórica para definir los valores estadounidenses y para hacerles un llamado a sus congéneres para hacer valer sus ideales. Y en su discurso inaugural en enero de este año, el Presidente Barack Obama dijo que el pueblo estadounidense “ha permanecido fiel a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos constitutivos”.
Así es y así ha sido, pero ha sido una lucha, tan divisiva durante la Guerra Civil, por ejemplo, que confrontó a estado contra estado y enfrentó a hermano contra hermano. En otros momentos, ha sido tan feroz y llena de pasiones tristes que amenazó con rasgar el tejido social de nuestra nación. De alguna manera, sobreponiéndonos a muchas de estas encrucijadas, los Estados Unidos ha salido fortalecido. Con el tiempo, los estadounidenses se han acercado más que nunca a vivir los nobles ideales expresados por esos primeros estadounidenses.
Hoy, a menos de 150 años de la abolición de la esclavitud, nuestro presidente es hijo de un padre negro de Kenia y una madre blanca del propio corazón de los Estados Unidos. Nuestro vicepresidente es hijo de una familia de clase media de procedencia irlandesa católica. El gabinete incluye a hombres y mujeres de descendencia asiática, afroamericana, hispana, inclusive la hija de un inmigrante nicaragüense, y europeos de varias creencias y nacionalidades diferentes. Y la nominada a la Corte Suprema por parte del Presidente es la hija de inmigrantes puertorriqueños.
¿Qué los hace estadounidenses, entonces? ¿Qué los une? No es la raza ni la religión, ni la etnicidad o el género. No es la geografía, ni la educación, ni su profesión.
Más bien, es la convicción, y no la sangre, lo que une a todos los estadounidenses. Es la convicción que tenemos en los derechos individuales, las libertades personales, la igualdad de oportunidades, el estado de derecho y las instituciones democráticas. Es, a su nivel más básico, una convicción en la promesa de lo que es Estados Unidos, en la idea de Estados Unidos.
Gracias por compartir este aniversario con nosotros y por honrarnos con su presencia.