discurso del embajador
Palabras del Embajador Paul A. Trivelli
Celebración del 232° Aniversario de la
Independencia de los
Estados Unidos de América
Embajada de los Estados Unidos de América
4 de Julio de 2008, 12:30 p.m.
Excelentísimo Señor Jaime Morales Carazo, Vicepresidente de la República de Nicaragua,
Distinguidos invitados,
Amigos todos,
Es un verdadero placer para mí dar la bienvenida a todos ustedes a nuestra primer ceremonia del Cuatro de Julio en nuestras nuevas instalaciones.
Pero este placer, debo admitir, está teñido por un pesar personal al contemplar mi partida de este hermoso país dentro de un mes. Estoy seguro que todos ustedes saben, esta ceremonia del Cuatro de Julio será mi última como Embajador de los Estados Unidos en Nicaragua.
Tradicionalmente para los norteamericanos, el Día de Independencia es un día para reflexionar acerca de la valentía y la sabiduría de nuestros próceres.
Es un día para celebrar los principios básicos de nuestra república –democracia, libertad y tolerancia religiosa – y considerar como estos valores han sostenido y fortalecido a nuestra nación por más de dos siglos— y como se han difundido mucho más allá de nuestras fronteras.
Es un día para compartir con la familia, vecinos, colegas y amigos.
Afortunadamente, para mí, muchos de los miembros de mi familia, vecinos, colegas y amigos están aquí este día, en este gran salón, en Nicaragua.
Y tradicionalmente, para cuyos nicaragüenses que asisten regularmente a celebraciones de días nacionales, es en un día en que el Embajador anfitrión reflexiona sobre las relaciones bilaterales entre las dos naciones.
Creo firmemente, tal y como lo he hecho todos los días durante los últimos tres años, que las relaciones entre nuestros dos pueblos son sumamente estrechas.
Somos vecinos del mismo Hemisferio.
Los Estados Unidos es el socio comercial y fuente de inversión privada más grande de Nicaragua.
Alrededor de quinientos (500) mil nicaragüenses viven en los Estados Unidos. Ellos envían a sus familias quinientos (500) millones de dólares en remesas cada año.
Miles de norteamericanos viven y trabajan en Nicaragua.
Nuestros programas oficiales de asistencia en Nicaragua son sustanciales, diversos y cubren todo el territorio nicaragüense.
Tomados en conjunto, demuestran nuestro firme compromiso con la justicia social—o sea, nuestra convicción que la pobreza solo puede ser reducida a través de prácticas democráticas, una economía de mercado y la inversión social.
La generosidad de los ciudadanos privados y de las Organizaciones No Gubernamentales norteamericanos, y su sincero compromiso con Nicaragua, son igualmente impresionantes.
En resumen, los lazos económicos, comerciales, históricos, geográficos y familiares entre nuestros dos pueblos son tan fuertes como para soportar todo–salvo, quizás, una conmoción realmente catastrófica.
En el transcurso de las últimas semanas me han preguntado en distintas ocasiones si yo tengo algún “Pensamiento Ultimo” que quisiera compartir con el pueblo nicaragüense.
Mi respuesta usual ha sido la de expresar mi ferviente deseo de que los nicaragüenses tomen plena ventaja de algunas oportunidades maravillosas-
Acceso total al mercado más grande del mundo a través del CAFTA;
De la buena voluntad de una comunidad donante generosa;
El perdón de una deuda externa de miles de millones de dólares;
Una base fuerte de recursos naturales;
Precios internacionales históricamente muy altos para sus productos de exportación;
Una posición geográfica privilegiada, y, lo más importante,
Un sistema democrático construido con el sacrificio de miles de sus ciudadanos.
En el contexto de la celebración de este Cuatro de Julio, sin embargo, permítanme dejarles con un "último" pensamiento.
En los doscientos treinta y dos (232) años de la experiencia de los norteamericanos, hemos aprendido que, como ciudadanos, nosotros no debemos dejar la democracia como única competencia de los políticos, jueces y profesores de derecho.
La democracia es un ejercicio colectivo que debería de florecer en el corazón de todos los ciudadanos y ser expresada por ellos innumerables veces a lo largo de sus vidas-
A medida en que interactúen con sus conciudadanos;
A medida en que manifiesten libremente sus opiniones;
A medida en que se congreguen en el centro religioso de su preferencia; y,
A medida en que emitan su voto.
En pocas palabras, hemos aprendido que el enemigo más peligroso y nocivo de la democracia, no es la dictadura.
Es la indiferencia.
Muchas gracias.