Embajador Trivelli se Despide de Amcham
Palabras del Embajador Paul A. Trivelli
Almuerzo de Despedida – Cámara Americana de Comercio
21 de julio de 2008
Reflexiones de un Amigo
Estoy encantado de estar aquí esta tarde con la Cámara Americana de Comercio. Como muchos de ustedes ya saben, estuve muy activo en la Cámara durante su renacimiento en los inicios de los años 90. Es maravilloso ver como el AmCham ha crecido y como se ha fortalecido en los últimos años, hasta convertirse en una voz importante dentro del sector privado de Nicaragua.
Recuerdo que di uno de mis primeros discursos públicos como Embajador de los Estados Unidos en Nicaragua en este mismo foro. Es apropiado, por ende, cerrar el círculo y hacer uso de la palabra una vez más entre amigos al prepararme para partir. Gracias a todos por esta oportunidad, por su apoyo, y su ardua labor durante los últimos tres años.
No fue fácil para mí escoger el tema para esta presentación.
Yo podría haber hablado sobre los casi inquebrantables lazos entre los pueblos nicaragüenses y norteamericanos, los vínculos forjados por la historia, la cultura, el comercio, la geografía, la familia y los valores compartidos.
Podría haber hablado sobre el extraordinario éxito del CAFTA en la expansión del comercio, la inversión, la oportunidad económica y la creación de puestos de trabajo.
O, podría haber hablado sobre nuestra amplia gama de programas de asistencia que buscan cada día fortalecer la democracia de este país, impulsar el crecimiento económico, aumentar la seguridad pública y romper las cadenas de la pobreza.
Pero, yo he dicho todo eso antes muchas, muchas veces durante mi periodo como Embajador.
Por lo que en su lugar decidí dejarlos con unas cuantas reflexiones que como un amigo brindo, todas ellas bien intencionadas, desde el fondo del corazón.
Estoy seguro que ustedes han escuchado muchas veces las afirmaciones públicas de que los “neo-liberales”, los “capitalistas salvajes”, tuvieron sus dieciséis (16) años en el poder en Nicaragua “y no hicieron nada para el pueblo”.
Como antídoto a esta retórica, les sugiero que simplemente recojan una copia de la publicación hecha en el año 2007 por las Naciones Unidas titulada “Valoración Común de País” y que vayan al Compendio Estadístico. Ese compendio contiene datos sobre sesenta y cinco (65) variables sociales y económicas para los años 1995 a 2005.
Los cuadros demuestran muy claramente que, de hecho, la economía de mercado y la democracia hicieron mucho para el pueblo. Por ejemplo, durante el marco de tiempo en que se realizó este estudio:
El porcentaje de personas viviendo en pobreza extrema se redujo, modestamente, pero sí, bajó.
Los nicaragüenses consumieron más y mejores alimentos.
Un porcentaje más alto de niños y niñas se matricularon en las escuelas y completaron quinto grado.
Subió el índice de alfabetización entre los jóvenes de 15 a 24 años.
La tasa de mortalidad infantil cayó significativamente; y la salud maternal mejoró.
Una mayor proporción de nicaragüenses tuvieron acceso al agua potable.
La tasa de desempleo de los jóvenes bajó.
El número de líneas telefónicas por cada mil nicaragüenses aumentó.
Y la lista sigue y sigue.
Hace apenas algunos días, terminé de leer el nuevo libro del ex Presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan. Esta larga y detallada obra es, en esencia, una defensa apasionada del capitalismo.
Dos de los puntos que señala Greenspan en su libro, parecen ser de mucho interés para nuestra conversación del día de hoy.
Al escribir sobre los principios universales del crecimiento económico, Greenspan cita a Amartya Sen, ganador del Premio Nóbel en Economía, quien una vez observó que “en la terrible historia de hambrunas en el mundo, jamás ha ocurrido una hambruna significativa en un país independiente y democrático con una relativa libertad de prensa. No podemos encontrar excepciones a esta regla, sin importar cuanto busquemos”.
Al escribir sobre Latinoamérica, Greenspan reconoce que el populismo económico encuentra territorio fértil en los países con altos niveles de pobreza y desigualdad de ingresos. Pero Greenspan también señala que los gobiernos populistas tienden a implementar políticas con poca consideración por los derechos individuales o la realidad económica. Aunque tentadoras, las políticas populistas de subir salarios sin tomar en cuenta la productividad, limitar artificialmente las tasas de interés, aumentar empleo en el sector público y “proteger” los negocios locales mediante la limitación del comercio y la inversión sólo empeoran las cosas a largo plazo. Lo que pareciera ser una buena idea al principio, resulta siendo una idea terrible a fin de cuentas.
Mi reflexión, como amigo, es que la democracia y la economía de mercado marcan el camino más seguro hacia el desarrollo y la reducción de la pobreza. En el mundo entero, unidas ambas funcionan bien y tienen el poder de hacer que Nicaragua prospere en el futuro. Por otro lado, la historia nos dice que el populismo está destinado a fracasar.
Estoy seguro que también recuerdan las afirmaciones públicas en meses recientes hechas por miembros de la clase política, ellos mismos sospechosos de abuso, corrupción o mala administración, pero ávidos por señalar a sus oponentes políticos, acusándoles de fechorías pasadas o presentes. En realidad, justificando su mala conducta señalando el mal comportamiento de los demás.
Esas mismas voces casi siempre afirman además que ninguna persona, ni juez, ni medio de comunicación, ni gobierno extranjero, tienen “la autoridad moral” para criticarlos – porque el acusador “tiene cola” o el gobierno extranjero adolece de alguna “mancha histórica”.
Francamente, yo encuentro esos argumentos poco convincentes y hasta peligrosos.
Su extensión lógica es una afirmación que las figuras públicas no tienen la obligación de comportarse bien hasta que todas las demás figuras públicas se comporten bien. Y, que las figuras públicas sólo pueden ser juzgadas por personas impecables.
Bueno, por supuesto ninguna persona, juez, institución o país es perfecto--entonces estas figuras publicas están, por ende, dándose a ellas mismas inmunidad moral y jurídica.
Ninguna sociedad civilizada puede florecer en tal clima de relativismo moral.
La verdad es que los absolutos morales y las normas de comportamiento sí existen – y deberían guiar las acciones de las figuras públicas y los ciudadanos comunes por igual. Están contemplados en constituciones, en las leyes, en declaraciones de Naciones Unidas, y hasta en la Biblia. Son moldeadas por costumbres culturales locales y por la práctica común.
Mi reflexión–que como amigo les hago: el mal comportamiento de otros no debe servir de excusa. Críticos, jueces, periodistas, comentaristas políticas, y gobiernos extranjeros no tienen que ser perfectos para que sus opiniones tengan peso – sólo deben ser justos en su aplicación de estas normas.
Finalmente, una última reflexión.
Si bien nuestros próceres nos han enseñado que la democracia es la filosofía política que mejor sirve a las aspiraciones naturales de la humanidad, el camino hacia la democracia raras veces es plano y recto. Le tomó a México casi noventa (90) años para pasar de una revolución a un Estado democrático moderno. España aún continúa perfeccionando su democracia, treinta (30) años después de su nacimiento.
Los Estados Unidos de América ha estado dándole forma a su democracia por doscientos treinta y dos (232) años y no hemos acabado. Por error, institucionalizamos el racismo que heredamos de nuestro pasado colonial y peleamos nuestra guerra más sangrienta, casi un centenar de años más tarde, para ponerle fin a la esclavitud. Las mujeres en los Estados Unidos no tuvieron derecho de votar hasta mil novecientos diecinueve (1919). En los años sesenta y setenta (60 y 70), los movimientos de derechos civiles y de mujeres hicieron que toda la nación reexaminara sus ideales de justicia y decencia en la sociedad entera. Todavía luchamos con asuntos de los derechos humanos versus el papel del gobierno. Quizás siempre lo haremos.
En absoluto contraste, en los últimos años, el mundo ha sido testigo de varios ejemplos – en Asia Central, Europa Oriental, África y América Latina – de fuerzas no-democráticas utilizando y torciendo las normas democráticas para debilitar a las instituciones del gobierno, para permanecer en el poder, para reducir el espacio democrático y para asumir un poder casi absoluto.
Pero la libertad y la democracia no son derrotadas fácilmente. Sus partidarios saben bien que a pesar de la dificultad del camino, vale la pena luchar por ellas.
Solo una reflexión de un amigo: Los que aman la democracia y la libertad nunca deben rajarse, doblarse o rendirse. El tiempo está de su lado.
La historia nos enseña que las recompensas de la democracia son grandes, la causa es justa, y la victoria está asegurada.
Muchas, muchas gracias a todos.